AustraliaDesarrollo PersonalExperiencias

CÓMO VIVIR EN EL EXTRANJERO ME CAMBIÓ

“Viajar te cambia la vida” no es solo una frase cliché, sino una realidad que yo misma viví.

Estoy convencida que vivir un par de meses en otro país es algo que todas las personas deberían experimentar. Es por esto que en este post quiero contarles un poco sobre mis dos experiencias viviendo fuera de Chile. Y más que nada, incentivarlos a hacer lo mismo si todavía no lo han hecho.

Mi antigua yo

Tanto en el colegio como en la universidad, nunca estuve interesada en irme de intercambio o nada por el estilo. Muchas de mis amigas morían de ganas de irse, y mi familia siempre intentó motivarme. Sin embargo, a mi no me llamaba la atención.

Por una parte, mi lado racional creía que yo ya era “feliz”, y se conformaba con la vida que ya tenía.

Sin embargo, eran mis propios miedos e inseguridades la razón principal que hacía que no quisiera dejar mi país por algunos meses.

Sentía que mi personalidad no era la más indicada para vivir este tipo de experiencias. Era tímida, dependiente e hipocondríaca. Me daba nervio lo desconocido y vivía llena de preocupaciones, ansiedades y angustias.

La primera decisión

En 2015 todo cambió. Después de haber estado pasándolo muy mal por algunos meses, de un día para otro hice un switch y le dije a mi mamá que quería irme de intercambio. Al igual ella, toda mi familia, amigas, y mi pololo de ese entonces, quedaron en shock. Sin embargo, felices me apoyaron al 100%.

Siempre me ha gustado Estados Unidos, e investigué que UC Berkeley estaba ranqueada como la mejor universidad para estudiar periodismo en el mundo (la carrera que yo estaba estudiando), por lo que decidí postular. Pese a que no cumplía con los requisitos (pedían 100 puntos en el Toefl y yo había sacado 90), por sorpresa quedé.

No podía más de la felicidad, sin embargo, también tenía muchísimo nervio de irme por cinco meses. Me iba a separar por primera vez de mi familia e iba a dejar mi tan preciada zona de confort.

Enseñanzas de Berkeley

En agosto de 2016 llegué a Berkeley, California, sin saber quién era ni siquiera una sola persona. Como soy tímida, conocer gente nunca ha sido uno de mis fuertes. Y sumado a lo anterior, mi inglés estaba peor que nunca, por lo que me costaba mucho comunicarme.

No entraré en detalles sobre mis increíbles meses viviendo en Estados Unidos, porque sería un post eterno. Sin embargo, quiero destacar algunas cosas.

No solamente conocí múltiples personas de distintos países, sino que hice muy buenos amigos, con los que muchos sigo hablando constantemente hasta hoy en día.

Viajé a varios lugares nuevos. Además de recorrer gran parte de California, conocí Las Vegas, El Gran Cañón y Hawaii.

Comí, salí a bailar y fui a más conciertos que nunca.

Sin embargo, más allá de mi nueva e increíble realidad externa, lo que más me marcó fue que comencé a experimentar notorios cambios internos.

Durante los meses que estuve en Berkeley logré un estado mental que nunca había experimentado por un período de tiempo tan prolongado. No sé si llamarlo felicidad, plenitud o alegría. En la práctica, era que cada día despertaba motivada, con ganas de hacer cosas. Ya no vivía preocupada por tonteras y mi ansiedad comenzaba poco a poco a desaparecer. No sentía ganas de llorar como antes, y en los cincos meses creo que lloré una sola vez (antes lo hacía casi todas las semanas). Tampoco necesitaba tener algún viaje o un evento importante en el futuro cercano que me motivara, ya que mi presente bastaba y sobraba.

Meses de transición

En enero de 2017 volví a Chile. Tenía que terminar mis estudios y hacer mi práctica profesional para luego ponerme a trabajar de periodista.

Aunque la rutina que tuve durante ese año fue obviamente mucho más “aburrida” que la que tenía en Berkeley, mi “nueva yo” seguía intacta. Y por ejemplo, una situación que anteriormente me provocaba muchísima angustia, ya no me importaba casi nada. En ese momento me di cuenta que aunque mi personalidad seguía siendo la misma, mi manera de enfrentarme a la vida había cambiado.

Fue este nuevo ciclo cuando por ciertas circunstancias comencé a considerar la idea de irme a Australia por un año con la visa Work and Holiday.

Sabía que si me iba estaría por un tiempo mucho más largo alejada de mis seres queridos.

También sabía que no ejercería como periodista, sino de cualquier otro trabajo no profesional.

Sin embargo, mi intuición me decía que iba a ser beneficioso para mí hacer un break. Estar quince años seguidos estudiando no es menor.

Necesitaba estar un tiempo sin muchas responsabilidades ni deberes antes de entrar al mundo laboral “real”. Berkeley me había dejado con gusto a poco. Quería vivir nuevas experiencias, viajar más y conocer distintas realidades.

Algunos de mis cercanos no estaban de acuerdo. Me argumentaban que para qué iba a irme a Australia a trabajar “de cualquier cosa” siendo que era periodista. Sin embargo, decidí no escuchar y seguir mis instintos.

Enseñanzas de Sídney

Fue así como en noviembre de 2017 llegué a vivir a Bondi Beach, Sídney, Australia.

No tenía trabajo ni amigos. Menos tenía la idea de lo que iba a ser de mi año 2018. Sin embargo, como ya había tenido una experiencia positiva viviendo fuera de Chile, no tenía grandes miedos.

Vivir en Australia superó enormemente mis expectativas.

Mi estado de plenitud se incrementó aún más, y comencé a vivir el presente de tal forma que no quería que los días pasaran. Nunca había pensado tan poco en lo que fuera a pasar en las semanas o meses siguientes.

Por otro lado, empecé a involucrarme más con el mundo espiritual. Me di cuenta que mientras más agradecida estaba, más cosas buenas me pasaban. Que todo lo que tenía no era suerte, sino que era yo misma la que lo había atraído. Que no se trataba tanto de pensar positivo de manera forzada, sino que de sentir emociones de alta vibración. Que mientras menos me preocupaba lo que dirían los demás, más libre me sentía. Y que lo más importante de todo, era ser feliz.

Un “feliz” que no se siente igual al “feliz” de cuando te compras algo nuevo o te dan una buena noticia. Ni tampoco al “feliz” de conformidad con una vida que parece ser buena y sin mayores problemas. Sino un “feliz” del que te dan ganas de reírte solo y agradecerle al universo varias veces al día.

Reflexiones finales

Siempre había proyectado mi felicidad en algo futuro. “Cuando salga del colegio, cuando terminé la universidad, cuando me case, cuando tenga hijos, etc…”. Y me frustraba que las etapas iban pasando, y no lograba alcanzarla.

Ahora que la logré obtener gracias a mis experiencias vividas en el extranjero, mi “principal preocupación” empezó a ser otra: cómo hacer para mantenerla durante el resto de mi vida y seguir así de bien incluso cuando las circunstancias externas cambien o empeoren.



8 Comments

Escribe un comentario